El surrealista traslado de El Guernica al Museo Reina Sofía
Hoy en día, estamos acostumbrados a visitar museos en los que hay exposiciones temporales que viajan de una ciudad a otra, pasando por distintos espacios de exhibición. El traslado y el montaje de las obras que las forman es un proceso que no suele despertar mucho interés, salvo que se trate del traslado de El Guernica, cuyo viaje desde Nueva York a Madrid ha dado lugar a uno de los episodios más surrealistas de la historia de nuestro país.
Pintado en plena Guerra Civil española, convertido en símbolo internacional contra la barbarie y custodiado durante décadas al otro lado del Atlántico, su regreso a España en 1981 fue mucho más que el traslado de una obra de arte. Fue una operación rodeada de secretismo, medidas de seguridad y un enorme significado político. Una historia que parece escrita para una película, pero que sucedió realmente.
El Guernica: unas pinceladas para entenderlo
Picasso pintó El Guernica en 1937 por encargo del Gobierno de la Segunda República para el Pabellón de España de la Exposición Internacional de París. La obra, de enormes dimensiones, tomó como referencia el bombardeo de la localidad vizcaína de Gernika y se convirtió rápidamente en una representación del sufrimiento provocado por la guerra.
El lienzo, de 7,76 metros de largo por 3,49 de alto, utiliza únicamente blancos, negros y grises. El caballo herido, el toro, las figuras humanas y la madre con su hijo muerto forman un lenguaje simbólico que convirtió un episodio concreto de la Guerra Civil en una imagen universal del horror bélico.
¿Por qué se lleva al MoMA de Nueva York?
Tras su presentación en París, El Guernica comenzó una gira por Europa. En 1939 viajó a Estados Unidos para participar en exposiciones y recaudar fondos destinados a ayudar a los refugiados españoles. El 1 de mayo llegó a Nueva York y posteriormente pasó por Los Ángeles, San Francisco y Chicago.
Ese mismo año regresó a Nueva York para formar parte de la exposición Picasso: Forty Years of His Art en el Museum of Modern Art con idea de que, posteriormente, volviera a España. Pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial cambió los planes: Picasso decidió que el cuadro permaneciera bajo custodia del MoMA hasta que terminara el conflicto.
Más tarde, en 1958, renovó el préstamo por tiempo indefinido, estableciendo como condición que regresara a España cuando se restablecieran las libertades democráticas.
¿Cómo fue de surrealista el traslado de El Guernica a España?
Aquí comienza la parte casi novelesca. Con la muerte de Franco en 1975 y el proceso de transición democrática, España empezó a reclamar oficialmente el regreso de la obra.
La parte surrealista de esta historia ya tiene que ver con las gestiones iniciales para que se produjera el traslado de El Guernica a España. Encargadas en absoluto secreto a los funcionarios elegidos para dicha misión, las negociaciones se prolongaron durante años y estuvieron rodeadas de una enorme discreción. De hecho, el Ministerio de Cultura bautizó todo el proceso como “Operación cuadro grande”.
Finalmente, el 9 de septiembre de 1981, el MoMA hizo entrega oficial de El Guernica al Gobierno español. Al día siguiente, el cuadro llegó a Madrid procedente de Nueva York. Para evitar riesgos, se habían preparado embalajes especiales y un dispositivo de seguridad extraordinario que hizo que solo el piloto del avión supiera de la presencia de ese cuadro en la bodega con el resto de equipajes.
De hecho, cuando el avión aterrizó en España, el comandante, Juan López Durán, tomó el micrófono y dijo: “Señoras y señores, bienvenidos a Madrid. Tengo que decirles que han venido acompañando a El Guernica de Picasso en su regreso a España”. El acta de recepción confirma que llegaron seis embalajes que contenían el cuadro, su bastidor y los trabajos preparatorios.
El paso final al Museo Reina Sofía
Pero hay un detalle especialmente simbólico: El Guernica no entró directamente en el museo que hoy asociamos con él. Su primera parada en España fue el Casón del Buen Retiro, perteneciente al Museo del Prado. Allí permaneció desde 1981 hasta 1992, cuando pasó al recién creado Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
Aquí la historia vuelve a tornarse otra vez un tanto surrealista ya que, cuando llegó la hora de planificar el traslado de El Guernica al museo en el que hoy se exhibe, se encontraron con un problema: la debilidad del lienzo hacía inviable ningún tipo de enroscado que facilitara su traslado. ¿Cuál fue la solución?
Pues para recorrer los apenas dos kilómetros que separaban ambos edificios, se tuvo que construir una estructura gigante y un camión especial para llevarlo completamente estirado, cortando las calles de Madrid en una operación nocturna de máxima tensión.
Un viaje que terminó convirtiéndose en historia
Así, el recorrido de El Guernica terminó siendo casi tan extraordinario como la propia obra: nació para representar a la España republicana, salió del país durante la guerra, cruzó el Atlántico, permaneció décadas en Nueva York y regresó cuando la democracia española ya era una realidad envuelto en un gran misterio.
Por eso su llegada a Madrid en septiembre de 1981 fue entendida como algo más que el regreso de un cuadro. Fue, en palabras del propio relato del Reina Sofía, un acto simbólico de recuperación de las libertades democráticas. Y quizá ahí reside la verdadera paradoja: una obra que nació para denunciar la destrucción provocada por la guerra terminó regresando a España como uno de los grandes símbolos de una nueva etapa histórica.
El Guernica había vuelto a casa. Solo que, para hacerlo, tuvo que dar antes una vuelta extraordinariamente larga.
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